
El 8 de marzo el mundo se viste de morado, se llenan las plazas de consignas y el aire se carga con la fuerza de una lucha que no cesa. Hablamos de igualdad, de justicia, de derechos para nosotras, para nuestras hijas y para las que vendrán. Pero en este torrente de energía y reclamo justo, es vital detenernos un momento y preguntar: ¿dónde están nuestras mayores? ¿Dónde están esas mujeres que hace décadas sembraron el camino que hoy pisamos? Este 8 de marzo, la reflexión nos lleva inevitablemente a ellas, a las adultas mayores, custodias de la memoria y pilares silenciosos de nuestras sociedades.
En un mundo que muchas veces rinde culto a la juventud y a la inmediatez, la mujer mayor enfrenta una doble batalla: la del género y la de la edad . Su sabiduría, forjada en décadas de experiencia y resistencia, es a menudo invisible para una cultura que las margina y las relega a un segundo plano. El Día Internacional de la Mujer debería ser, por esencia, también su día. Porque la lucha por la igualdad es un continuum que abarca toda la vida, y no podemos permitirnos el lujo de dejar a nadie atrás en el camino. Hablar de derechos, justicia y acción para todas las mujeres y niñas, como clama el lema de este año, es también mirar de frente la realidad de aquellas que han llegado a la cima de su vida, a esa etapa donde deberían recoger los frutos de su esfuerzo con dignidad y paz .
Es aquí, al poner la mirada en Venezuela, donde esta reflexión se vuelve no solo necesaria, sino urgente y vibrante de energía para el cambio. La Constitución de nuestro país, en su artículo 80, es un faro de esperanza y un compromiso sagrado: garantiza a los ancianos y ancianas el pleno ejercicio de sus derechos, el respeto a su dignidad, una atención integral y una pensión que no podrá ser inferior al salario mínimo urbano . En el papel, es una promesa hermosa, un reconocimiento a quienes dieron su vida por la nación. Incluso la Ley Orgánica para la Atención y Desarrollo Integral de las Personas Adultas Mayores habla de un «envejecimiento saludable, activo, digno y feliz», con un enfoque de igualdad y equidad de género que nos llena de orgullo como marco legal .
Estas mujeres, que durante generaciones fueron el pilar económico y afectivo de incontables hogares, se enfrentan a una paradoja cruel: envejecer en un país con extraordinarias condiciones ecónomicas. Son ellas quienes, con frecuencia, asumen el trabajo de cuidar a sus nietos mientras los padres migran o trabajan, convirtiéndose en una «fuerza de trabajo oculta» que sostiene a la familia y a la comunidad con su esfuerzo invisible y no remunerado . Son ellas las que, con sus manos temblorosas, estiran el poco dinero para intentar llegar a fin de mes, las que hacen colas bajo el sol para recibir una ayuda, las que, a pesar de todo, conservan la esperanza y nos ofrecen una palabra de aliento.
La vulnerabilidad de la mujer mayor en Venezuela es múltiple. A la precariedad económica se suma, en muchos casos, al poco acceso a una salud digna, a medicinas para enfermedades crónicas , y a un sistema de protección social que es escaso . Viven en sus propios hogares, a menudo solas o a cargo de familiares que también luchan, resistiendo con una entereza que es, en sí misma, un acto de amor y de profunda humanidad. Han sobrevivido a crisis políticas, a migraciones que vaciaron sus hogares, a una pandemia que las aisló aún más, y hoy pueden estar viviendo en la indiferencia.
Por eso, este 8 de marzo, traer a voz a las adultas mayores en Venezuela no es un acto de lástima, es un acto de justicia y de profunda energía transformadora. Es reconocer que la lucha feminista debe ser inclusiva e interseccional, abrazando a todas las edades. Es celebrar su resiliencia, su fuerza incansable, su sabiduría para navegar la adversidad y su capacidad de seguir amando y dando en medio de la escasez. Es honrar a esas mujeres extraordinarias que, a pesar de todo, siguen siendo el alma de la patria.
Que el eco del 8 de marzo llegue hasta sus hogares, no solo como un recuerdo lejano, sino como el clamor de una sociedad que despierta y las abraza, exigiéndoles al Estado, a las familias y a la comunidad el respeto y la dignidad que la Constitución les promete y que su entrega merece. Porque una sociedad que honra a sus mayores es una sociedad que se honra a sí misma, y porque el futuro que queremos construir para todas las niñas y mujeres del mañana debe incluir, forzosamente, la promesa de una vejez plena, feliz y soberana para las heroínas de hoy.
