Renacer en Semana Santa

Queridos abuelos y abuelas de esta tierra Llena de Gracia, donde el olor a coco, clavito y pescado se mezcla con el repicar de las campanas, esta Semana Santa nos invita no solo a recordar, sino a reinventarnos con esa sabiduría que solo los años pueden dar. Ustedes, que han visto pasar tantas primaveras, saben que la vida es como un tamunangue: tiene sus pasos lentos y sus vueltas alegres, pero siempre termina en fiesta. 

En estos días sagrados, cuando las calles se llenan del murmullo de oraciones y las cocinas huelen a hervido de gallina, hay tantas formas de encontrar propósito como flores en un ramo bendito. ¿Recuerdan cuando preparaban la sopa de chipichipi para el Viernes Santo, o cómo esperaban con ansias los buñuelos de la tía Carmen mientras contaba las historias de la Venezuela de antes de antier? Esos momentos no tienen que quedar en el pasado. Hoy pueden ser ustedes los maestros que enseñen a los nietos a hacer torrejas, aunque el primer intento queme como el sol de Maracaibo. O ¿por qué no organizar una tarde de décimas y fulías en el patio, recordando aquellos tonos de Semana Santa que cantaban en el pueblo? Si la voz ya no es la de antes, no importa: una guitarra desafinada y unas tapitas de cerveza como maracas bastan para alegrar el alma. 

Y qué decir de esas procesiones que antes seguían con fervor. Si ahora las piernas piden tregua, armen su propio camino de fe en casa. Un Nazareno de tela sobre la mesa, rodeado de flores de cayena, puede ser el altar perfecto para rezar el Vía Crucis entre sorbos de chocolate caliente. O si prefieren algo más animado, jueguen a los palitos de la cruz con los bisnietos, donde cada palito movido es una historia que contar de cuando eran jóvenes. «Este palito es como el día que conocí a tu abuela en la misa de gallo», pueden decir, mientras los pequeños ríen sin entender por qué el abuelo tiene los ojos brillosos. 

Claro, no todo es solemnidad. Un venezolano sin humor es como un sancocho sin cilantro e monte, así que saquen sonrisas con esos chistes de siempre. «¿Sabían que el chigüire es el único que hace dieta en Semana Santa? ¡Por eso está tan gordito el resto del año!». Y si el calor aprieta, nada mejor que una siesta bajo el samán, soñando con aquellos carnavales de antaño, porque hasta los sueños pueden ser una forma de resurrección. 

Al final, esta época nos enseña que la fe no se mide en kilómetros caminados, sino en amor compartido. Sea tejiendo una mata de cambur para los dulces de la casa, escribiendo una carta a ese hijo lejano con recetas y consejos, o simplemente escuchando el canto de un turpial en la mañana, cada gesto es un latido de esperanza. Como dice el viejo refrán: «Dios no quita lo bailao, solo cambia el ritmo». Así que, manos a la obra, que la vida, como la hallaca, siempre sabe mejor cuando se prepara con paciencia y se comparte con alegría. ¡Feliz Pascua, en pura venezolanidad!

Hay quienes piensan que la vejez es un rincón para guardar silencio, pero ustedes saben que es todo lo contrario. Es el tiempo de hablar con el corazón en la mano. ¿Por qué no visitar a ese vecino que está solo y llevarle unas flores? No importa si son del supermercado—lo que cuenta es el gesto, como aquel niño que ofreció sus cinco panes. O tal vez apuntarse a ese taller de pintura que siempre pospusieron. «¿Y si me sale mal?», dirán. ¡Pero si el mismísimo Miguel Ángel empezó tarde! Lo importante es intentarlo, aunque los árboles en el lienzo parezcan espaguetis con hojas.

Y para los más tecnológicos, ¿sabían que pueden enviar bendiciones por WhatsApp? Una foto del atardecer con un «Dios te ama» puede ser la mejor homilía del día. Si se pierden entre los emojis, pídanle ayuda a un nieto—es una excusa perfecta para pasar tiempo juntos y, de paso, recordarles que ustedes siguen siendo los pilotos de su propia vida.

Feliz domingo de resurrección te desea el Centro de Atención Integral al Adulto Mayor.