
Nuestro país se reconoce por la alegría y el calor de su gente que no falla, sin embargo, muchos de los nuestros enfrentan un enemigo silencioso pero molesto: el dolor de espalda. Y para los abuelitos ¡vaya que es fastidioso! Ese dolor que no los deja bailar un merengue, cargar a los nietos o incluso levantarse con ese ánimo que los caracteriza. Pero, tranquilos, que hoy les vamos a contar qué puede estar pasando y por qué no deben resignarse a sufrir en silencio.
Para empezar, no todos los dolores de espalda son iguales. A veces es un pinchazo traicionero en la parte baja, otras veces una rigidez que parece cemento en la espalda alta, o incluso un dolor que se irradia hacia las piernas como si fuera un cable de luz mal conectado. ¿Qué está pasando ahí? Pues pueden ser varias cosas. La artrosis, por ejemplo, es como si las almohadillas entre las vértebras se gastaran de tanto uso, como los cojines del sofá después de años de tertulias. Duele más al moverse y mejora un poco con el reposo, pero ¡ojo! quedarse quieto mucho tiempo tampoco es la solución.
Luego está la estenosis lumbar, que suena complicada, pero es como si el canal por donde pasan los nervios se estrechara, apretándolos como un abrazo demasiado fuerte. Eso puede causar dolor al caminar, como si las piernas pesaran más que un saco e papas. Y no podemos olvidar la osteoporosis, esa ladrona silenciosa que debilita los huesos y a veces ni avisa hasta que duele después de un movimiento mínimo, como agacharse a recoger las llaves.
Pero no todo es desgaste, ¡también hay dolores por malas posturas! Pasarse horas sentado en la mecedora viendo telenovelas o cargar bolsas pesadas del mercado (aunque el corazón diga «sí puedo», la espalda grita «¡nooo!»). Incluso el estrés, que en Venezuela sabemos manejar con humor, pero a veces se acumula en los músculos y los tensa como cuerda de hamaca.
Aquí viene lo importante: no hay que acostumbrarse al dolor. Muchos piensan «es la edad», pero la edad no tiene por qué ser sinónimo de sufrimiento. En el Centro de Atención Integral al Adulto Mayor, hay profesionales que pueden ayudar, desde fisioterapeutas que enseñan ejercicios suaves como los de antes, hasta médicos que ajustan tratamientos sin gastar una fortuna en farmacias.
Así que, abuelitos y abuelitas de mi corazón, no dejen que el dolor les robe la alegría. Cuiden su espalda como cuidaron a sus familias: con atención y cariño. Y si el dolor insiste, ¡no esperen! Contáctenos y los recibirán con el mismo afecto con el que ustedes abrazan la vida. Porque merecen seguir disfrutando, riendo y contando esas historias que nos hacen tan felices.
¡La espalda puede mejorar, y ustedes también!
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