Estrategias para afrontar la enfermedad en adultos mayores

Llegar a la tercera edad debería ser como disfrutar de un atardecer tranquilo, pero para muchas personas este periodo se nubla cuando aparecen enfermedades crónicas. Doña Carmen, de 80 años, solía ser muy activa, pero después de una fractura de cadera, ya no puede salir sola. Ahora pasa días enteros en casa, sintiéndose inútil y llorando con frecuencia. Su familia cree que es «cosa de la edad», pero en realidad podría estar desarrollando depresión. Este es solo un ejemplo de cómo los problemas físicos pueden convertirse en una pesada carga emocional. 

Cuando el cuerpo enferma, el alma también sufre

Las enfermedades típicas de la vejez – como diabetes, hipertensión o artritis – no solo causan dolor físico. El señor Manuel, de 78 años, siempre fue el alma de las fiestas familiares, pero desde que le diagnosticaron Parkinson, sus movimientos son más lentos y teme que los demás lo vean «débil». Poco a poco ha ido rechazando invitaciones, sumiéndose en una soledad que antes no conocía. 

Estos casos nos muestran los tres grandes fantasmas que acechan la salud mental de nuestros mayores: 

La depresión que se instala silenciosamente, como le ocurrió a doña Luisa, quien después de 72 años siendo la cocinera oficial de la familia, ahora no puede ni pelar una papa debido a su artritis. Cada vez que ve a sus hijas en la cocina, siente un nudo en la garganta pensando que «ya no sirve para nada». 

La ansiedad que surge con cada nuevo síntoma, como le pasa al señor Javier, que tras su primer infarto vive con el miedo constante de que pueda repetirse. Ahora cada dolor en el pecho, por pequeño que sea, lo llena de pánico y evita salir a la calle «por si acaso». 

El aislamiento que se vuelve un refugio amargo, como en el caso de doña Antonia, cuya pérdida auditiva la ha llevado a dejar de ir al club porque «no entiende lo que dicen». Poco a poco ha ido perdiendo contacto con sus amigas, aunque en el fondo las echa mucho de menos. 

Señales que no debemos pasar por alto

María, la hija del señor Antonio, empezó a notar que su padre ya no era el mismo. El hombre que antes se levantaba temprano para leer el periódico ahora pasaba las mañanas en short y franelilla, mirando la televisión sin prestarle atención. «Es normal a su edad», le decían, pero ella insistió en llevarlo al médico. El diagnóstico: una depresión causada por su diabetes mal controlada. 

Estas son las banderas rojas a las que debemos estar atentos: 

– Cuando nuestro familiar deja de disfrutar lo que antes le encantaba, como le ocurrió al señor Alberto, que dejó de ir al bingo los domingos después de 20 años haciéndolo. 

– Cambios drásticos en los hábitos de sueño, como doña Pilar, que ahora duerme durante el día y pasa las noches en vela. 

– Frases recurrentes como «para qué voy a hacer esto» o «total, ya no sirvo», que delatan una pérdida de autoestima. 

Cómo ayudar sin quitarles su independencia 

Cuando la familia de doña Carmen notó su tristeza, cometieron el error común de decirle «no te preocupes, nosotros hacemos todo por ti». Sin querer, le estaban quitando sus últimos espacios de autonomía. Fue su nieta Laura quien encontró la solución: le propuso que, en lugar de cocinar, fuera la «supervisora oficial» de las recetas familiares. Ahora doña Carmen se sienta en la cocina dando instrucciones y corrigiendo los platos, recuperando parte de ese rol que tanto extrañaba. 

Algunas estrategias que han funcionado para otras familias: 

– Adaptar, no prohibir: En lugar de decirle al señor Manuel que no salga por miedo a las caídas, su hijo le compró un bastón con el que se siente más seguro para dar sus paseos diarios. 

-Crear nuevas rutinas: Doña Antonia ya no puede ir al centro de mayores, pero su vecina la visita los martes y jueves para tomar el té y ver su telenovela favorita. 

– Buscar ayuda profesional: La familia del señor Javier acudió a un psicólogo especializado en adultos mayores, quien le enseñó técnicas para manejar su ansiedad. Ahora cuando siente miedo, practica los ejercicios de respiración que aprendió. 

El papel crucial de los especialistas 

Muchas familias cometen el error de pensar que los cambios emocionales son inevitables con la edad. Pero igual que llevamos a nuestro familiar al cardiólogo cuando tiene problemas del corazón, debemos acudir a profesionales cuando su salud mental flaquea. 

El caso de doña Pilar es revelador: después de meses de insomnio y apatía, su hija la llevó a un geropsiquiatra. Con una combinación de terapia suave y ajustes en sus medicamentos para la hipertensión, poco a poco fue recuperando su vitalidad. «Es como si hubiera recuperado a mi madre», confiesa emocionada su hija. 

Si reconoces estas situaciones en tu familia, recuerda: buscar ayuda no es signo de debilidad, sino el mayor acto de amor. En el Centro de Atención Integral al Adulto Mayor nuestros geriatras, psicólogos especializados o incluso nuestros médicos especialistas pueden ser los primeros aliados en este camino hacia el bienestar de tu ser querido. Porque nuestros mayores se merecen disfrutar de esta etapa de la vida con la misma plenitud con que vivieron todas las anteriores.

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