
Parece que el cuerpo, sobre todo cuando acumula unos cuantos calendarios, a veces decide enviar señales un tanto… creativas. ¿Te suena esa mezcla de dolor de espalda que se cree el eje del universo, unos mareos que te hacen bailar salsa sin querer, calambres y cosquilleos en brazos y piernas que imitan un concurso de hormigas eléctricas, y un cansancio que ni el café más heroico logra disipar? No, no es que te estés convirtiendo en un proyecto de renovación de alta tecnología con piezas sueltas; son síntomas muy comunes en la madurez que, juntos, nos están contando una historia. Vamos a intentar traducirla, sin dramatismos pero con atención.
Ese dolor de espalda, el clásico que no perdona, suele ser el protagonista de la función. A menudo, su origen está en una artrosis que hace de las suyas, en una contractura muscular fruto de una vida bien vivida (o de un mal gesto al recoger las gafas), o incluso en una estenosis del canal lumbar, que es como si el túnel por donde pasan los nervios se hubiera estrechado un poquito demasiado. Los mareos, por su parte, son unos dramáticos que pueden salir por muchos backstages: desde el oído interno, que es nuestro giroscopio natural y a veces se descalibra (vértigo posicional), hasta una bajada de tensión arterial al ponerse de pie, o incluso por una circulación que ya no es la de un Fórmula 1. Los calambres y ese cosquilleo molesto (al que los médicos llaman parestesias) son la banda sonora de los nervios. Ellos protestan si hay una compresión, como en una hernia discal, si no reciben suficiente riego sanguíneo o si hay un desequilibrio de sales minerales como el potasio o el magnesio. Y el cansancio… ah, el cansancio. Ese es el telón de fondo de toda la obra. Puede ser el simple desgaste de los años, pero también la sombra de otras cosas como una anemia, un mal descanso por las molestias o el corazón pidiendo un poco de consideración.
Ahora, si juntamos todos estos síntomas en una coctelera, la historia integrada que nos cuentan a menudo apunta a que el sistema de comunicación del cuerpo –el nervioso– y su sistema de suministro –el cardiovascular– están un poco sobrepasados. Un problema en la columna, como una artrosis importante o una hernia, puede comprimir nervios, causando a la vez dolor de espalda, calambres y cosquilleos en las extremidades. Esa misma compresión, sumada a posibles problemas de circulación o a una anemia, puede hacer que menos sangre y oxígeno lleguen al cerebro, lo que se traduce en mareos y una fatiga aplastante. No es una sola causa, sino una cadena de eventos donde un eslabón tira del otro.
Pero calma, que para esto hay especialistas que son como detectives del cuerpo humano. Para desenredar este ovillo, el médico de cabecera o geriatra es tu mejor primer aliado, el director de orquesta. Él te orientará y, muy probablemente, te mandará a visitar a algunos colegas. Un traumatólogo o neurocirujano puede ocuparse de los huesos y nervios de la espalda. Un neurólogo es el especialista en mareos de origen nervioso y en esos cosquilleos extraños. Un cardiólogo se asegurará de que el motor y la red de tuberías van como la seda. Y un otorrinolaringólogo puede descifrar si el mareo viene del oído, que es un órgano más caprichoso de lo que parece.
Y aquí es donde, si me lo permites, hacemos nuestra pequeña aportación. Ya seas un residente de nuestra querida Residencia Geriátrica o un particular que nos está leyendo desde casa, tenemos una red de especialistas de confianza listos para atenderte. Nos encargamos de concertar todas las citas, de que las consultas y pruebas sean lo más ágiles posibles y de que tengas un seguimiento integrado, sin que tengas que preocuparte por nada más que por sentirte mejor. Porque entendemos que descifrar las señales del cuerpo puede ser un laberinto, y nuestra misión es ser tu mapa.
No te quedes con la duda, porque una vida con menos molestias y más bienestar no es un sueño, es un plan de acción.
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